Dunia Rodríguez.- Soy de familia numerosa. En casa lo mismo nacieron niños, que libros. Cuando mi padre llegaba con un nuevo título decía que era como uno más de sus hijos.

Siempre vi a mi padre volcado en los textos. Durante largas noches, lo miré leer, corregir, colocar los acentos, los puntos en el lugar exacto. Poniendo la palabra correcta en el manuscrito. Así se llamaba, aunque no propiamente estuviera escrito a mano. Mi padre hacía anotaciones al margen de cada página, usaba signos, rayas, puntuaciones, que me dijo, eran un código empleado por los correctores de estilo.

Luego los textos dormían, porque pasadas las horas volvía a leerlos y afinaba la corrección.

Días después el texto regresaba de la imprenta. Entonces el “manuscrito” se llamaba “original”, y era la presentación de cómo quedaría el libro una vez que se imprimiera. Mi padre lo revisaba con precisión y delicadeza: la lectura línea por línea, página por página. Escrupulosamente.

Siendo niña, una ocasión me llevó a donde los tipógrafos armaban las palabras con letras de plomo. Por esos años me habló de “galeras”, de “cuadratines” y de un señor de nombre Johannes Gutemberg.

Mi padre sabía muchas cosas. Se apasionaba con los libros que corregía y nos contaba de filosofía, economía, pedagogía, de historia o psicología, de las tantas materias de los libros que luego vimos debutando como un miembro más de la familia.

Lo aprendí en casa

Recuerdo a mi madre tumbada en el sillón grande de la sala, leyendo antes del amanecer. Ella se daba sus tiempos. “Unas 20 paginitas con el primer café de la mañana”, decía.

En la tarde, con el tercer o cuarto café, sumaba otras páginas más a la lectura cotidiana y mientras hacíamos la tarea leía en silencio, pero nos interrumpía para contarnos los amores escarpados de las Cumbres Borrascosas, o de cómo un cura crió a un tal Julien Sorel en la novela de Stendhal.

También el retrato de mi abuelo materno, es parte del pasado, pero me sirve para enunciar la costumbre librera de la familia y esos recuerdos adormilados. Mi abuelo iniciaba el día con un café y un libro, a eso de las cinco de la mañana.

Dueña de una herencia de centenares de libros, me pregunto por el futuro de éstos, los miro ahora mismo apilados ocupando el pasillo.

Vuelvo al pasado para ver a mi padre mostrándonos la página legal donde aparecía su crédito: “Cuidado de la edición”, dos puntos, su nombre. Siempre celebrábamos la noticia con agua de jamaica y sopa de fideos, porque el anuncio y bienvenida del nuevo libro ocurría a la hora de la comida.

Miro los libros copando cada hueco de esta casa, las paredes recogen el eco de las tardes cuando celebramos el nacimiento de no se cuántos libros.

Pregunto sobre el futuro de libro impreso y me esfuerzo imaginando a mi madre sin un ejemplar en sus manos. Trato de verla sentada frente a una pantalla de computadora emocionándose con algún texto, pero no puedo. Pretendo borrar de la memoria la cocina de mi abuelo, donde cada mañana leía, tampoco puedo.

Con esas herencias qué fatal se mira el final de los libros impresos, de llegar a suceder.

Una vez Umberto Eco dijo “que el libro impreso seguirá siendo durante muchos años el garante de la cultura y que, como tal, permanecerá”. Creo estar en esa corriente porque al dejar de existir o permanecer el libro impreso un poco de lo que somos se extinguirá.

Seguro hay quienes ven el libro impreso como la obsolescencia, seguro hay quien nunca ha acariciado las páginas nuevas ni sabe que el olor de la tinta es tan seductor que hasta obliga cerrar los ojos.

Sé también que somos pocos los mortales quienes tuvimos un padre dedicando sus noches a cuidar ediciones como si fueran hijos; cuántos pudimos celebrar el nacimiento de un libro como si fuera el cumpleaños del hermano menor, con libros al centro de la mesa como si fuera un pastel con velitas.

Cómo podría terminar la historia de los libros impresos. No tengo idea. Hay tantos, pienso que sólo el polvo, una pira o el olvido podrían acabar con ellos, al menos con los de esta casa. (STX/DR/ 24 de abril, 2017)