Siempre hemos sido individuos, la comunidad es accidental, la familia es un constructo que aparentemente atesoramos pero que en realidad es un núcleo de soledades compartidas.

Por Juan Okie.- Pocas veces nos detenemos a pensar sobre la soledad y en la importancia que tiene en nuestras vidas. Para empezar, nacimos solos. El remanso de nueve meses en el que estuvimos albergados en la matriz de una mujer, navegamos en la soledad, en un espacio rodeado de líquido amniótico. Flotábamos como se suspenden sin gravedad los astronautas en el espacio y teníamos un cordón por donde nos alimentaban.

Esos nueve meses (en algunos casos siete meses) nos sirvieron para irnos integrando como seres humanos. Al ser expulsados del paraíso y ser recibidos por otras personas -desconocidas en ese momento-, resultó ser una experiencia impactante, algo similar a un extra terrestre que por primera vez llega al planeta Tierra.

Ese momento inicial de «shock» nos cambia la perspectiva de vida. Nos quita del aislamiento y esas personas desconocidas empiezan a tener contacto físico y auditivo con nosotros; nos forzaron a respirar, a llorar y a emitir sonidos como un incipiente intento de comunicarnos.

Tuvimos que empezar a socializar. Fabricamos el concepto de depender de una madre a quien le dimos respuestas por sus actos de ternura, por sus caricias y porque era la única posibilidad que inicialmente teníamos para alimentarnos.

En ese proceso de socializar, de contactar con los otros, vamos en cierta forma olvidando que la soledad es nuestro estado emocional básico.

Los primeros meses de transición aún tenemos muchos momentos de soledad en nuestras cunas. Nos dejan dormir por horas y sólo el hambre nos impulsa a despertarnos y pedir alimento o bien para ser atendidos en nuestro aseo diario y cobijo.

Cuando ya hemos aprendido a interactuar y logramos dominar las artes de fascinar a los adultos, aprendemos a manipular sus sentimientos causándoles gracia, ternura, amor y una amplia simpatía que nos alimenta a nuestro ego. Aprendemos a lograr lo qué queremos a través de sonrisas, caricias o berrinches y llanto.

Sin embargo, buscamos momentos para sumergirnos en soledad y exploramos, descubrimos cosas, jugamos, nos “entretenemos” según dicen los adultos.

¿El invierno es frío como la soledad?

La soledad entonces será generalmente un estado esporádico y que muchos de nosotros llegaremos a sentir que nos incomoda. Quizás esa sea la razón por lo que las festividades de invierno, en estos meses de frío busquemos generar eventos para celebrar y unirnos a parientes y amigos, gozar de posadas, cenas, convivios que amortigüen nuestra potencial soledad por ser días atípicos y feriados.

Dependiendo de nuestro carácter y personalidad habremos de ser adictos o reactivos a tener periodos donde estemos solos. Lo que es innegable es que a medida en que nos acerquemos a la vejez comenzará una transición hacia la soledad nuevamente. Ya sea por la pérdida de la pareja o la viudez, el nido vacío cuando los hijos se van, etc. Es como si nos fueran preparando para asimilar el momento final de nuestra partida.

Los viejos empiezan a estorbar a las nuevas generaciones. Su movilidad, cansancio o dificultad para seguir el ritmo de los jóvenes se va convirtiendo un motivo de abandono.

Por otra parte, a medida que avanza la ancianidad, las personas dormitan en el día y con facilidad se quedan largos periodos durmiendo. Algo semejante a cuando de bebés dormían muchas horas en sus cunas o en los brazos de mamá.  Es silenciosamente un periodo de transición hacia la muerte.

Se cierra el círculo y empezamos a descubrir que estamos solos, que siempre hemos sido individuos, que la comunidad es accidental, que la familia es un constructo que aparentemente atesoramos pero que en realidad es un núcleo de soledades compartidas.

Al término de nuestras vidas cobramos conciencia de que la soledad era el estado básico con la que iniciamos el vital viaje y que partiremos invariablemente, ése será el momento cuando recobraremos el verdadero sentido de lo que es la soledad.