• Los dechados son testimonio de una época

  • Museo de Artes y Oficios de Pátzcuaro presenta El tiempo entre costuras, de mayo a julio de 2018

dechado. (Del lat. dictãtum, precepto, enseñanza). m. Ejemplar, muestra que se tiene presente para imitar. || 2. Labor que las niñas ejecutan en lienzo para aprender, imitando las diferentes muestras.

Carlos Erandi Rodríguez García (Syntaxis Informativa).- Durante el virreinato, a lo largo del siglo XIX y ya entrado el siglo XX, las labores de hilo y aguja fueron prácticas de enseñanza común para las mujeres, elaborando como tarea lindos dechados que se convirtieron en reflejo de las tendencias en la educación femenina.

Patricia Terán Escobar, Directora del Museo de Artes y oficios de Pátzcuaro, adscrito a la Red Nacional de Museos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, señaló a propósito de la muestra El tiempo entre costuras, que un dechado era considerado como demostración del virtuosismo de la mujer que lo hacía.

“La muestra se nombró así porque habla de un oficio dedicado casi exclusivamente a niñas y mujeres, habla de sus habilidades en los tejidos, deshilados bordados, a través de los dechados que son muestrarios de las distintas puntadas o técnicas que les enseñaban en su núcleo familiar, en la escuela o en los conventos”.

En las puntadas está la historia. Patricia Terán comentó en entrevista con Syntaxis Informativa que se tienen indicios de esta práctica desde la Edad Media. Los documentos y ejemplos más antiguos que se conocen datan del siglo XV. En el caso de México abundan las menciones del término dentro de publicaciones de corte moral del siglo XVII, sin embargo, no se conocen obras que hayan sido realizadas antes de 1785.

“El auge de estas piezas fue el siglo XIX por el tipo de instrucción que se daba a las mujeres, porque a parte de que se les daba cuestiones básicas de aritmética, español, civismo se dedicaban horas especificas a estas enseñanzas que se llamaban labores mujeriles”, explicó.

En un principio estas piezas se hicieron sin grandes pretensiones artísticas, sin embargo son testimonios históricos de la actividad económica, educativa y social del siglo XIX en México.

Para esta exposición se tuvo la generosa contribución de 12 mujeres que ayudaron aportando sus propios dechados, además “partimos de piezas históricas que teníamos bajo resguardo y el recuerdo que tienen las mujeres de las horas que pasaban tejiendo con sus mamá o abuelas”.

El dechado y sus variantes

De manera general, los dechados son lienzos de forma rectangular, de lino o algodón, en los que niñas y mujeres plasmaron el resultado del tiempo que dedicaron a aprender a dominar el trabajo del hilo y la aguja, a través de franjas con distintos tipos de ejercicios y muestras de técnicas de tejido, bordado y deshilado.

Las variantes corresponden al tipo de hilo empleado, o bien, a distintas puntadas y diseños que podían usarse como ejemplo de futuros trabajos. Así como son muestras de ejercicios de escritura o numeración, mezclando a veces frases, fechas e incluso el nombre de su autora o de su maestra.

Formas que en su momento sirvieron para constatar la habilidad de su creadora, como ejemplo de paciencia, trabajo y perfección, y que ahora nos revelan las tendencias que prevalecieron en distintas épocas.

Al introducirse materias primas y técnicas textiles a tierras americanas, se dio una vinculación de culturas que produjo el rico mestizaje iconográfico visible en las prendas de las mujeres de las comunidades indígenas.

Cada muestrario brinda información no solo del bordado, sino de la educación, del arte, de su historia, pero sobre todo de la mujer que lo elaboró.

El rincón de la costura

“Montamos el rincón de la costura y el costurero”, espacio que los visitantes aprecian porque “quieren agarrar la agujas para ver cómo se usaban”, nos dijo Patricia Terán.

En Pátzcuaro, al ser una ciudad purépecha y mestiza, “debe haber en las casas, en las familias, recuerdos de estos dechados y con la exposición queremos dar pie a que la gente recuerde y se sienta orgullosa de tenerlos y que saque la pieza de la abuelita, de la tía”.

A raíz de la inauguración de la muestra “empezó un diálogo muy interesante, las mismas mujeres se sorprendieron porque sabían que tenían piezas. Se abrió un tema, porque empezamos pidiendo colaboración de las personas y decían no, cómo lo vamos a enseñar en el museo si lo hice de niña, si está súper sucio, o cuando falleció mi mamá tuvimos que dividir las cosas y quién sabe donde quedaron esas costuritas”.

Así les llamaban, costuritas, porque se trataba de un trabajo de fin de cursos de la escuela o una labor que hacían en las tardes con sus mamás cuando tal vez el deseo era salir a jugar.

“La exposición provocó muchos recuerdos, también provocó hablar y que la gente valore que tiene en su casa una especie de patrimonio, de herencia inmaterial. Es un patrimonio heredado que pasa de generación en generación, por tradición oral”, destacó Patricia Terán.

Los objetos que forman parte de este patrimonio son parte de la transmisión del conocimiento, donde además está plasmada no solo la mano mestiza, sino la rica iconografía indígena que se nutrió con materiales, con herramientas que no se conocían.

Dar a conocer este patrimonio es la labor primordial del Museo, expresó la Directora, “en esa función de valorar y cuidar, probablemente ayudemos a conservar nuestra cultura y estar informados para poder decidir».

“Hay algo muy claro: si no conocemos nuestro patrimonio lo vamos a perder, si lo conocemos, los vamos a cuidar y amar y seguirá siendo parte nuestra”, recalcó Patricia Terán.

Del baúl al museo

La muestra, compuesta por 110 piezas, llegó al museo gracias a la colaboración de las mujeres que sacaron del baúl sus costuritas para dar testimonio de una época, otras piezas son parte de la colección bajo resguardo del Museo de Artes y Oficios.

Las mujeres que prestaron sus dechados son Susana Rebeca Bravo Salto, Gloria Castillo González (qepd), Guadalupe Guido de Chávez (qepd), Reina Elizabeth Martínez Villanueva, Irma Nelia Molina Hernández, Esperanza Pérez Martínez, Esmeralda Pimentel Ramos, Carmen Simón, Antonia Vélez y Evangelina Villanueva.

La pieza más antigua data de mediados del siglo XIX, está hecha en tela caneva con hilo de lana. La curaduría estuvo a cargo de Alma Gloria Chávez Castillo y Blanca Estela Tinoco.

¿Adónde ir?

El tiempo entre costuras se exhibe desde el 25 de mayo en la sala Teresa Dávalos Maciel del Museo de Artes y Oficios de Pátzcuaro. Estará abierta al público hasta mediados de julio, de martes a domingo de 9 a 5 de la tarde. El Museo se ubica en la calle Arciga esquina con Alcantarilla en el centro histórico de Pátzcuaro. La entrada a la exposición temporal es gratuita. (STX/CERG/Pátzcuaro, Michoacán, 31 de mayo de 2018)