Dunia Rodríguez.- Juro que no se inglés. Nunca he pasado de la lesson one. Si ahora lo confieso, qué puedo decir de mi nivel de inglés en los años 70 cuando cursaba la secundaria.

No obstante, me gustaba mucho una canción que decía You’re the first, my last, my everything. La cantaba Barry White. Se escuchaba en la radio. Mis hermanos mayores ponían Radio 590 La Pantera de la Juventud donde solo programaban éxitos en inglés, claro.

La verdad no se si ellos entendían las canciones o, como a mi, sólo les parecía padre la melodía. Quién sabe.

Recuerdo que a la hora de pedir la llamada del público para ganarse un premio, el locutor decía: “intercomunícate panterizadamente”. Seguro regalaban discos de acetato. Ignoro si mis hermanos ganaron algo o si alguna vez  llamaron.

Barry White sonaba con You’re the first, my last, my everything, allá por 1974. En ese entonces vivíamos en el sur de la ciudad de México, pero un día, mudanza en puerta y a medio ciclo escolar, jalamos rumbo a Michoacán. La vida cambió.

Allá no sonaba La Pantera. La ciudad quedó atrás y con ella el Yellow River de Christie y la onda soul, también se quedaron La hora de Los Beatles de Radio Universal y mis hermanos mayores quienes no viajaron con el resto de la familia.

Bien dicen que “a la tierra que fueres, haz lo que vieres”. Llegamos pues a Pátzcuaro donde sólo sonaba una radio que a las doce del medio día anunciaba el Ángelus.

En ese pueblo vi por primera vez cómo, a esa hora, la gente se hincaba para rezar. La radio terminaba de transmitir a las seis de la tarde. Entonces cuando La Princesa del Lago –así se llamaba la estación- dormía, el pueblo también.

En La Princesa no cantaba Barry, sino Los Pasteles Verdes con el éxito Esclavo y amo, sonaban también Los Terrícolas con Te juro que te amo o Te acordarás de mí. Esa canción a veces me gustaba un poco, decía: “cuando camines un camino y una mano te salude, te acordarás de mí (coro: te acordarás de mi) (…) en cada gota derrames y en cada gota que te seques, te acordarás de mi”.

Un día en Morelia cuando recién abrieron plaza Las Américas, quizá fue en 1976, entré a una tienda de discos y pregunté por Barry White. No estaba, pero la dependienta me ofreció discos de “negritas”, así dijo: “negritas”.

Sacó el de Gloria Gaynor que traía Never can say goodbye, y luego, como de la manga, la máxima sorpresa de la época: Donna Summer.

Me acuerdo de I love to love you baby, y de cosas que vendrían después como Try me o I feel love. Raro, muy raro, para mí, digo.

¡Oh Donna! tú disculparás pero si nunca entendí el inglés, menos iba yo a entender tanto jadeo en tus canciones. Cómo entenderlo en un pueblo que se santiguaba cada doce horas, cómo entenderlo en la nostalgia del soul y esa voz profunda de Barry, mi Barry: the first, my everything.

(STX/DR/mayo 15, 2017)