Libertino Vidales recuerda que comenzó a trabajar en la elaboración de metates desde los 15 años, hoy tiene 78. «A lomo bajábamos las piedras», dice. Su papá le enseñó a elegir y tallar las piedras, «porque no podíamos ir a la escuela y nos quedábamos a trabajar en las cosas del campo y a cuidar a los animales…»

Carlos Erandi Rodríguez García. Pátzcuaro, Michoacán (Syntaxis Informativa).- El trabajo de elaborar metates o molcajetes era muy duro, antes no había caminos, eran veredas y los artesanos solo podían traer un pedazo de piedra por persona, a lomo. Sujetaban la piedra a sus cuerpos para que no se les fuera de lado, dice Libertino Vidales, porque las veredas eran tan estrechas que no pasaban los burros, solo cabía una persona.

Turícuaro* pertenece al municipio de Nahuatzen, Michoacán. Es una comunidad indígena ubicada en la meseta purépecha. Ahí, la elaboración de metates y molcajetes es un oficio que se desarrolla desde hace unas cuatro generaciones, cuenta Andrés Vidales Sánchez, quien como Libertino también aprendió el oficio de su padre, y lo ha cultivado al grado de haber merecido reconocimientos y premios especiales por la belleza y pericia en el labrado de las piezas.

Andrés Vidales Sánchez tiene 33 años de edad, estudió bachillerato en Uruapan. Junto con su esposa, María Antonia Ruiz Serafín, de 30 años de edad, los lunes muy temprano preparan los burros para ir al cerro a buscar las piedras.

Ir al cerro, cortar y cargarle a los burros los pedazos de piedra, cuenta María Antonia, son tareas que hacen solamente los hombres de la familia. Ellos, van al cerro, para estar de regreso después del mediodía.

«Elaborar metates y molcajetes en Turícuaro ha sido una forma de vida para nuestra familia. Ya tenemos una larga tradición en el oficio, con más de 80 años, en cuatro generaciones hasta el momento», comenta Andrés.

Turícuaro es un pueblo que poco a poco ha crecido. «Ahora hay caminos, pero no se puede llegar con vehículo hasta el cerro», por eso usan los burros. No obstante, por el peso de las piedras «no les podemos cargar mucho, porque el camino es difícil; debemos cuidar de los animales, que no se caigan a la barranca por todo el peso que llevan. Tampoco los podemos llevar seguido, porque se lastiman, son piezas muy pesadas y ellos también se cansan».

¿Cuánto pesan las piedras?

«Una pieza tiene un peso de 40 a 50 kilos. Después de que ya está terminada, el metate puede pesar unos 35 kilos, aproximadamente; los molcajetes quedan pesando unos 15 a 20 kilos, según sea la forma y tamaño», explica Andrés.

La familia recibió a Syntaxis en el patio de su casa que es el taller donde elaboran los molcajetes y metates. Ahí nos contaron la historia de su familia, en el oficio de modelar las piezas que siguen siendo de uso cotidiano en la comunidad y que también son apreciadas en otras latitudes. Utensilios cuya historia se remonta a la época prehispánica y en la actualidad se mantienen entre los objetos indispensables en la cocina familiar, al grado que son el regalo que deben hacer los padrinos de boda.

¿Qué tipo de piedra es la buena para los metates?

«Nosotros le llamamos laja para metate. Es una piedra dura, diferente a la volcánica que esa se desmorona. La que nosotros buscamos es muy lisa, no es porosa», explica Andrés.

En la familia, agrega, siguen haciendo tortillas en metate y todavía usan uno que tiene más de 30 años, es del tipo de piedra lisa.

Los que son negros, de piedra porosa, volcánica, «se desmoronan, duran menos tiempo».

¿Qué herramientas se necesitan para hacerlos?

«Ahora hay más herramientas para hacer el trabajo. Antes podíamos hacer una pieza por semana», comenta Libertino. «Ahora mi hijo puede hacer hasta cinco piezas por semana y esa herramienta que corta la piedra (esmeril) es más rápido. La señora de mi hijo, pues le ayuda para acabar las piezas».

Además de la esmeriladora o cortadora, añade Andrés, siguen usando «cincel y martillo para que, golpe a golpe, empiece a tomar la forma cada pieza».

«Mis abuelos le enseñaron a mis padres con algunas herramientas de metal, mi padre me enseñó desde pequeño pero no me gustaba mucho, me fui a Uruapan para estudiar y los gastos y las necesidades me fueron regresando a trabajar en este oficio que ahora me hago cargo.

«A mi hija e hijo poco a poco le he ido enseñando como me enseñaron a mí, ojalá que ellos sean los que continúen con el bello trabajo que es para nuestra familia».

La piedra nos dice en qué figura se convertirá

«Una vez que tenemos los bloques de piedra vamos buscando qué figura o forma le podemos ir dando. La misma piedra nos va diciendo qué se le puede hacer. De no entenderla simplemente se rompe, aunque sea muy dura», expresa Andrés quien ahora está al frente del taller, del cual surgen de tres a cinco piezas por semana.

María Antonia detalla que Andrés corta y prepara la pieza, después le da forma y tamaño. A ella, le toca el terminado que le lleva, más o menos tres días, entre picar y detallar hasta que queda listo para ofrecerlo.

«Nunca había participado en nada, mi esposo me animó a que diseñara mi propia pieza, después la llevamos a Uruapan para el concurso de artesanías y después me avisaron que había obtenido el primer lugar y un reconocimiento especial. Me sentí muy emocionada».

Antes de saber que podía hacer metates, María Antonia se dedicaba a los bordados de punto de cruz y algunas costuras, «ahora con mi esposo nos dedicamos a los metates». Y aunque estar en el taller es una actividad que le da orgullo, lamenta que no se valore el trabajo.

«Me da mucho coraje que la gente en diversas ocasiones no valora el enorme esfuerzo que se hace para tener tan solo una pieza lista y que con mucha ilusión la ofrecemos para que se lo demos más barata».

Mantener la tradición, el reto

La familia se ha formado y crecido en torno al trabajo de hacer los molcajetes y metates. Son su arte y especialidad. Sin embargo, enfrentan los retos de darse a conocer y encontrar nuevas formas de comercialización de las piezas.

Hacer del internet un escaparate, podría resultar una buena idea, pero no del todo, pues en la meseta purépecha son muchas las localidades que carecen de señal o si la tienen no es buena.

Eso nos cuenta Andrés, al tiempo de resaltar que una de las formas de sostener su artesanía es que «todavía se mantiene una tradición en las bodas: los padrinos deben regalar un metate a los novios, de alguna manera nos permite seguir en este oficio».

Añade que «los retos como artesanos son las nuevas formas de comercialización, aquí en la región de la meseta purépecha como la comunicación por internet no es buena debemos encontrar alguna alternativa para ello.

«Otro reto es que la gente que nos ha pedido algún trabajo por envío, lo tenemos que hacer por paquetería, alguna cercana no la tenemos y son piezas pesadas, los gastos de envíos corren por cuenta de los clientes».

Desde hace 10 años han participado en la exposición de Domingo de Ramos en Uruapan. «Ese espacio nos ha permitido participar en los concursos de artesanías, mismo que nos hemos hecho acreedores de varios reconocimientos. También, contamos con nuestro registro estatal como artesanos que expide el Instituto del artesano de Michoacán».

Indicó que tiene pensado su diseño para participar en el concurso de artesanías para este año. «El tener un espacio en la exposición es para nosotros como familia una oportunidad, para que nos sigan conociendo y mantener nuestro trabajo y preservar ese oficio».

Andrés Vidales nos comparte su número de teléfono para quien esté interesado en una de sus piezas: 452 104 0819

*La comunidad de TURHIKUARHU viene de la voz Purépecha, Turhi que significa negro, y Kuarhu se refiere a lugar, se le agrega la palabra Acha que denomina a Señor. Por lo tanto se le conoce como el cerro del Rey Valiente llamado en purépecha Techu Juata «lugar donde habitaba el Rey Valiente o Acha-Turhi».

(STX/CRG Pátzcuaro, MIchoacán marzo 26,2020)