Dunia Rodríguez.- Cuánta lluvia. Es tanta que de a poco nos rebosa el corazón. Mientras hilvano las palabras veo caer la lluvia, a dos que por allá se cubren, a tres que corren patinándose en el asfalto, a más que se van, huyen.

Qué bonito es ver llover y no mojarse, decía la abuela, con ganas de subrayar la apatía ante algo que –desde su particular opinión– merecía la pena ser observado y atendido. El mundo puede rodar y ustedes ahí, sin mover un dedo, señalaba.

Se enojaba mucho. Vociferaba tamañas palabrotas que hasta las paredes retumbaban. Para ella era inaceptable que alguien, hombre o mujer, joven o viejo, se quedara quieto. Ella misma nunca estaba en paz. Hacía varias cosas a la vez: remendar camisas, arrullar al nieto, revisar el hervor de la leche, remover el guiso, regar las plantas, alimentar gallinas, echar tortillas…

No estaba quieta, poco sabía lo que era sentarse en el portal, como lo hacía el resto del vecindario, a tomar café o conversar, simplemente. No. Cuando le llegaba a ocurrir tal defecto, traía algo a las manos para tenerlas ocupadas y no andar pensando malos pensamientos, argumentaba.

La abuela era la última en irse a la cama y la primera en levantarse. Era incansable. Varias veces llegamos a decirle que no se quedaba más tiempo en la cama porque no tenía nada que soñar, y como respuesta a tal arrojo recibíamos una retahíla de palabrotas y algunas piedras que lanzaba con fuerza descomunal.

Mientras veo la lluvia me pregunto si la abuela conoció el descanso, si advirtió el momento en que las nubes anunciaron sus tormentas. Si viviendo a la falda de tan enormes montañas se detuvo una noche, por lo menos, a mirar el cielo. Puede ser, todo es posible, porque a nadie le interesó averiguar lo que hacía después de que medio mundo se iba a la cama. Puede ser que se diera tiempo para la ociosidad, para mirar el cielo, ver llover.

Quizás lo hizo a escondidas para no tachar su orgullo y su personalidad incansable. Para que no se dijera que ella, como otros, se sentaba a pensar en la ‘inmortalidad del cangrejo’.

Recuerdo que la última vez que la vi, estaba sentada en la orilla de la cama ‘sin hacer nada’. Cuando se lo comenté frunció el ceño, se dirigió a la estufa y entre gritos apuró a los nietos mayores a ir por cualquier cosa a la tienda de la esquina.

Después de ese día, no hizo más. Entró cansada a un hospital del que salió, un día lluvioso, a abonar la tierra del panteón local. Ahí está, desde hace veintitantos años, de cara al cielo, recibiendo la lluvia, colmada en los quehaceres de la nada. (STX/DR/20-03-2017)