Silencio

Así como del fondo de la música

brota una nota

que mientras vibra crece y se adelgaza

hasta que en otra música enmudece,

brota del fondo del silencio

otro silencio, aguda torre, espada,

y sube y crece y nos suspende

y mientras sube caen

recuerdos, esperanzas,

las pequeñas mentiras y las grandes,

y queremos gritar y en la garganta

se desvanece el grito:

desembocamos al silencio

en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz

Conti González Báez (Syntaxis Informativa).- Unos días sin gasolina nos trajeron un descanso auditivo en la Ciudad de México. Extrañamos la campana del camión de la basura y el grito de «EL GAAAAS», que no pudieron circular esos días, pero descansamos de la contaminación auditiva, por sus grabaciones con pésima calidad y alto volumen, de «FIERRO VIEJO QUE VENDA» y «TAMALES CALIENTITOS».

Los capitalinos amamos los dulces sonidos del afilador, el carrito de los camotes o el de los helados, la música de los organilleros, las campanas de los templos y hasta las voces de los niños gritones de la Lotería Nacional, pero alucinamos la quema diaria de cohetes.

Todos disfrutamos de los fuegos artificiales en las fiestas patrias, fin de año o festividades locales, pero quemar todos los días cohetes que nomás hacen pum, pum, pum, sin dejarnos dormir, contaminando al medio ambiente y asustando a nuestras mascotas, que empiezan a ladrar, es absurdo. La Iglesia Católica debe dejar de festejar así a sus santos; mejor que les recen.

Muchos peatones caminan y cruzan calles viendo su celular y con los audífonos puestos, escuchando sus playlists; para otros, el dilema al tomar un transporte es ver qué calcomanía radiofónica traen: ¿La Z 107.3 FM, Joya 93.7, Sabrosita 590? Si urge llegar y no hay tiempo para elegir, el viaje puede ser muy placentero o una pesadilla, según el gusto musical del conductor y sus pasajeros.

Automovilistas y taxistas van oyendo su estación favorita de radio o ponen su música; los motociclistas también, a un volumen tal que mata el sonido de sus ruidosos motores; en una emergencia, es imposible que escuchen un claxon.

Entrar a una tienda departamental o de autoservicio es otra aventura sonora; aunque hay servicios de música diseñados para hacernos sentir bien y comprar más, el mes pasado nos topamos con villancicos a todo volumen o promociones con botargas y «animadores» que de plano nos ahuyentaban.

Vista del Castillo de Chapultepec desde la terraza del hotel Camino Real. Foto: Conti González Baez

Ya no podemos caminar tranquilos por el Centro Histórico o sentarnos a leer en un parque. Los gritos de los vendedores callejeros ni siquiera tienen el encanto de los antiguos merolicos, quienes no necesitaban de un megáfono o bocinas para atraernos.

Comer en paz en un restaurante, cantina, fonda o taquería es otro placer perdido. La música ya no es de fondo sino protagónica; nos estorba en las conversaciones y hasta para ordenar a los pobres meseros, quienes tienen que soportar todo el día el «ambiente» del negocio, con afectaciones a su salud física y mental.

El ruido constante de motores y escapes de camiones, claxonazos de choferes y automovilistas particulares, maquinaria pesada en obras interminables, sirenas de patrullas, bomberos o ambulancias, aviones a lo lejos y helicópteros sobre nuestras cabezas a todas horas, alarmas de autos que se prenden porque pasó un gato a media noche, los gritos de «GOOOOOOL» de los vecinos, sus infaltables fiestas los fines de semana y la costumbre de comunicarse a gritos entre albañiles, vecinos o mamás e hijitos incrementan el estrés diario de todos.

Desierto de los Leones. Foto: Conti González Baez

Aún hay algunos bosques encantadores en nuestra ciudad, pero pocos aprecian su silencio; salen a caminar o correr con los audífonos puestos. También hay quienes, agotados y estresados, llegan a casa a prender la tele, que a veces ni ven; luego se duermen escuchándola.

El problema no es exclusivo de nuestras grandes ciudades. Ir de vacaciones a Acapulco, por ejemplo, soñando con escuchar el arrullo de las olas del mar mientras nos asoleamos o descansamos en una hamaca también se ha arruinado, con la música a todo volumen en casi todas las playas.

¿Qué nos pasa, por qué nos da tanto miedo el silencio?

(STX/CGB/Ciudad de México, enero 25 de 2019)