Por Tere Aviña (Syntaxis Informativa).- En 1987 obtuve mi Certificado de Locución e inmediatamente después me enteré de que Héctor Martínez Serrano, conductor en ese entonces de la XEW daría un curso. Me inscribí.

La manera en que él impartía las clases era fascinante. Había que participar con todos los sentidos, sobre todo el sentido común.

Un día, durante el curso, se presentó la oportunidad que yo estaba esperando. Héctor preguntó quién quería trabajar con él en su programa La hora del ranchero. El requisito era ser muy puntual pues el programa empezaba a las cinco de la mañana.

Cuando yo dije que estaba dispuesta, Héctor me advirtió que él tenía muy mal carácter, así que le contesté: “Yo también”.

Me parece que esta respuesta le cayó en gracias, porque al siguiente domingo yo estaba transmitiendo por primera vez en un estudio de radio.

Por cierto que, debido a que Héctor iniciaba el programa sin una entrada o un saludo especial, sino charlando de manera natural y sencilla, yo me di cuenta que estábamos al aire diez minutos después de que se había abierto el micrófono.

Fueron pocos los meses que trabajé con Héctor Martínez Serrano, no recuerdo exactamente cuántos. Lo que sí recuerdo perfectamente es la importancia que tuvo ese tiempo en mi carrera profesional. Sobretodo el día que fuimos en caravana a San Mateo Atenco.

Cuando Héctor nos dijo que íbamos a actuar frente a la gente a mi me brotó un temor de tal manera incontrolable que me resistí a participar. Me miró fijamente a los ojos y me recordó con firmeza que él era mi jefe y por tanto me ordenaba subir y presentarme ante los asistentes.

En cuanto empecé a saludar al numeroso publico, me di cuenta que de manera espontánea había desaparecido un complejo, consecuencia de mi discapacidad, que ni yo misma conocía. Al final la presentación fue un éxito y la conservo como un instante muy significativo de crecimiento personal.

Dos semanas después de la excursión y cuando se planeaba la siguiente visita, me enteré por un comentario de mi querido amigo Mario Tijerina de que yo ya no estaba considerada dentro del equipo de La hora del ranchero.

Nunca supe qué fue lo que pasó, pero Héctor me corroboró más tarde que efectivamente era verdad, yo estaba despedida.

Me dio tanta tristeza y rabia que nunca le pregunté la razón de mi despido.

Meses después nos encontramos en los pasillos de la W (que todavía estaba en la calle de Ayuntamiento) y, ya pasada la rabieta, me di cuenta de que el cariño y el agradecimiento hacia Héctor seguían intactos.


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(STX/MTA/Ciudad de México, 11 de mayo de 2020)