Dunia Rodríguez.- La imaginería popular, lo mismo que las manifestaciones estéticas del arte han producido a través de los siglos objetos para la veneración. El arte religioso en nuestro país tiene importantes raíces históricas que se remontan al periodo de conquista espiritual, cuando lo habitantes naturales del México antiguo fueron dominados por la cruz y cambiaron sus ídolos por imágenes de dioses importados.

La exaltación a las representaciones divinas de la iglesia católica tiene, desde entonces, múltiples formas surgidas del carácter y los saberes propios de los pueblos, de su forma de hacer aquella devoción a su entendimiento y plasmarla en retablos, tallas, grabados o tejidos, así como en esculturas de pasta de caña.

Víctor Hugo Guzmán Vázquez es heredero de una sabiduría ancestral: la técnica “Tatzingueni”, técnica prehispánica de hacer esculturas en pasta de caña. Heredero y continuador de la tradición familiar que cultivó de Don Baldomero Guzmán, su bisabuelo.

También heredó el conocimiento de las plantas para curarse y aquellas que hay que tomar en forma de infusión, como parte del ritual que requiere el arte “Tatzingueni”.

“Conservo materiales que usaba mi bisabuelo. Se llamaba Baldomero Guzmán, lo veía los fines de semana cuando íbamos a comprar atole blanco, siempre me quedaba con él. Lo ayudé a recoger materiales, porque hay rituales para hacerlo, desde saber cuáles, desde tocarlos”.

De sus ancestros, su abuelo Rafael Guzmán y de su bisabuelo, aprendió a distinguir los materiales, el proceso de elaboración de la pasta, las plantas que sirven como aglutinantes, así como la técnica detallada y paciente de un arte que pervive desde la época precolombina.

“Trabajo la técnica desde los siete años. Yo le ayudaba a mi abuelo. Él nos llamaba a sus nietos, a sus hermanos, a todos, pues, para aprender, no para dedicarnos a esto, sino para que no se acabara la técnica”.

Pero Víctor Hugo no sólo aprendió sino que la conserva y se ha especializado. Es Licenciado en las Artes Visuales y está por concluir su Maestría en la Universidad de las Artes de la ciudad de Aguascalientes.

Los ídolos murieron en el campo de batalla

La historia de los pueblos prehispánicos giraba en torno a los regalos de la naturaleza. Al sol o luna, se les ofrendaba, lo mismo que a la lluvia y a la tierra. Los valles de aquel México guerrero se colmaban de gritos vehementes, danzas, tambores, plumas, flores.

Luchaban al redoble de los tambores, defendían sus territorios. Los guerreros llevaban a sus dioses al campo de batalla. Los combatientes michoacanos, ganadores de muchos combates, los cargaban en andas. Sus dioses los protegían en el frente de guerra. Eran dioses imponentes y ligeros, modelados a pulso y con la paciencia de acariciar hasta formar un cuerpo de maíz y corazón de caña.

Aquellos ídolos combatientes sucumbieron en el campo de la guerra espiritual, dejando sus nichos a los dioses venidos de ultramar. Las primeras esculturas provienen de la mitad del siglo dieciséis, se llamaban “imágenes de pecho”.

“En Michoacán las primeras imágenes se elaboraron a partir de la evangelización. Son imágenes de culto para el hogar, de tamaño pequeño. Entre ellas tenemos a la Virgen de Zapopan, la Virgen de San Juan. En cambio la Virgen de La Salud, fue realizada para culto público y tiene dimensiones casi de tamaño natural”, dice Víctor Hugo Guzmán Vázquez.

 

Pasta para un solo Dios

“La técnica de la pasta de caña es muy lenta y requiere mucha agua, lo que hace que las piezas sean muy difíciles de secar”, explica Víctor Hugo.

En la elaboración se utilizan plantas aglutinantes que algunas pueden ser tóxicas, para ello, añade, sus abuelos le enseñaron a preparar las infusiones que debe tomar antes y durante el proceso de elaboración de una pieza.

“En la técnica se utilizan distintos aglutinantes, depende de la temporada, porque la elaboración es un ritual, que tiene que ver con los ciclos naturales. A veces los materiales se guardan pero no se pueden cortar las plantas si no se lleva a cabo un ritual”.

Hoy en día, explica Víctor Hugo, se hacen figuras de pasta, “pero no todos usan la misma receta, yo aprendí a hacer la técnica prehispánica y algunos de los materiales los recojo en el campo, otros los cultivo”.

Las figuras elaboradas en pasta de caña por los artistas de Michoacán están inscritas en la historia del arte religioso mexicano, tienen reconocimiento mundial. Son finas, detalladas, de cara afable o dolorida. Han sobrevivido a los siglos y su consecuente “modernización”.

La razón de su ancestral presencia, obedece a la base ideológica que las sustenta, a los materiales utilizados en su elaboración y al celoso cuidado de los artistas como Víctor Hugo que mantienen viva la herencia. Una tradición que guarda celoso, tanto como la receta que aprendió de sus ancestros.

Reconoce que técnicas como la pasta de caña, el maque o el perfilado, tradicionales en Pátzcuaro, Michoacán, están en riesgo porque “hay familias que las hacen, pero solo los mayores, porque los hijos están en otras cosas o viven en otra parte, están desbalagados”.

A ello se suma que la gente no aprecia el valor de las piezas. Víctor Hugo pone de ejemplo la cerámica de Santa Fé de la Laguna o Tzintzuntzan. “No es lo mismo una pieza que se hace con material encostalado que nada más lo vacían y ya, que una donde el artesano busca el barro y lo muele y hace la pieza, eso lleva varios días”. De ahí que apreciar y reconocer este arte, es parte de su conservación, afirma.

Víctor Hugo Guzmán Vázquez tiene su taller en la Casa de los Once Patios, en el Patio de la Troje, Planta Alta, Local 8, en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán.

(STX/DR/ 11-abril-2017)