Alfonso Aguilera Gómez*.- Hacer como que trabajo y hacer como que me pagan, son dichos comunes en las oficinas, cuyo reflejo arroja resultados negativos si se trata medir la percepción en el ambiente laboral. Parecen broma, pero afirmaciones de tal naturaleza llegan a trastocar todo quehacer humano. Es como estar sin estar o estar muy a nuestro pesar.

Los argumentos nocivos cunden como una mala hierba y hacemos eco de ellos sin siquiera pensarlo. Pero al repetirlos provocamos que se inserten en la cultura laboral y peor aún que la definan.

Cuántas veces a la hora de saludar a una persona en el trabajo, en la calle, en una reunión de amigos, somos testigos de frases como: “vamos a trabajar, no nos queda de otra”, “qué le vamos a hacer, hay que trabajar” y aquella que reza: “aquí, esperando a que den las 6”. Tal parece que el trabajo es una esclavitud, una fatalidad que el hombre tiene que sortear para vivir.

Pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre la importancia del trabajo. Tal vez por eso repetimos una y otra vez frases tan pesimistas y nada dignificantes.

¿En verdad es tan malo trabajar?

Recuerdo haber escuchado en la televisión a un comediante decir: “el trabajo es tan malo que hasta pagan por hacerlo” y otro muy por el estilo afirmando: “algo malo debe tener el trabajo, sino los ricos lo hubieran acaparado”. Si tanto daño nos hace el trabajo, por qué empleamos horas eternas en transportarnos para ir a la oficina, por qué estamos tantas horas frente a una computadora u operando una máquina. ¿Acaso nos gusta hacernos daño? ¿Realmente el trabajar nos provoca tal pesadumbre y quizá por eso hacemos como que trabajamos y nuestra empresa hace como que nos paga?.

El trabajo nos proporciona una retribución económica que utilizamos para satisfacer nuestras necesidades: renta, colegiaturas, médico, diversión, despensa, en fin. Es decir, no estamos en vano o de balde, como decimos coloquialmente. Sin embargo, la carga simbólica que damos al trabajo con lo antes dicho, es negativa, parece indignante contar con un empleo, cuando precisamente es lo contrario. Trabajar es un valor tanto económico como moral. Prestamos un servicio con lo que hacemos, a la vez contribuimos al movimiento de una empresa y por lo tanto de la economía. Trabajar nos enaltece y nos hace dar sentido a nuestra existencia.

¿Qué sería de una comunidad donde las personas no trabajan?. Sencillamente no hay movimiento, sería una comunidad estancada, deprimida en todos los sentidos. Una persona que no cuenta con un trabajo está aislada, sus destrezas, su especialidad, su profesión, su creatividad se empolva. La falta de actividad le deja al margen de la comunidad a la que pertenece. En cambio, quien trabaja encuentra en su actividad retribuida no sólo una forma de allegarse recursos para cubrir sus necesidades, sino además aporta a la construcción de los pilares que soportan a una sociedad.

El trabajo es la manera en que el ser humano consigue integrarse, colaborar con sus destrezas, habilidades y conocimientos; en suma, alcanzar un estado digno como persona, es decir, un reconocimiento por aquello que hace, lo mismo puede ser un plomero que un médico, que una afanadora o una maestra en ciencias exactas. Lo importante es hacer lo que cada quien sabe porque lo ha aprendido en las aulas o en la escuela de la vida, ponerlo en juego ayuda a aceitar la maquinaria social y favorece el desarrollo armónico de la comunidad donde se vive.

Trabajar bien, con calidad, con entrega, sabiendo que con ello nos beneficiamos y colaboramos con los demás, es una buena forma de crecer, de no ser un cuerpo estéril, empolvado.

No hagamos como que trabajamos: trabajemos dando lo mejor cada día, que ésa sea la consigna. Darnos valor como personas, dar valor a las actividades de los demás. Dedicarnos más a cultivar las virtudes tanto individuales como colectivas, nos permitirá alejarnos de los dichos pesimistas que han calado en la cultura laboral hasta hacerse rituales que nos denigran y anulan.

Si logramos cambiar las formas negativas por actitudes que fortalezcan nuestra raíz humana, si asumimos el trabajo como una ofrenda a nosotros mismos porque al hacer por nosotros, hacemos también por los demás, estaremos construyendo una mejor realidad, en pocas palabras, la realidad que merecemos.

Alfonso Aguilera Gómez es Director General de ICAMI Región Centro. Cuenta con una Master en Dirección de Empresas para Ejecutivos con Experiencia, por el IPADE.

Acerca de ICAMI

ICAMI es el único Centro de Formación y Perfeccionamiento Especializado en Mandos Intermedios. Trabaja en alianza con el IPADE desde su fundación. Su Claustro Académico Nacional suma 240 integrantes, de los cuales 104 están en la Región Centro. Todos sus profesores son expertos en el Método del Caso. El 58% son dueños, presidentes de consejos u ocupan puestos directivos en las empresas. ICAMI se ubica en la Calle Mar Mediterráneo 183, Colonia Popotla. http://icami.mx/