El escenario global ha colocado al individuo en estado de constante alerta, porque está expuesto a sucesos de violencia y barbarie “que no tiene ojos ni oídos para la piedad ni la razón. En estas circunstancias, el espacio vital se ve reducido de manera muy importante, tanto en su extensión como en su calidad.

Dunia Rodríguez (Syntaxis Informativa).- Es cobarde, gallina, se encierra en sí mismo, es antisocial y varias expresiones similares, aluden a una respuesta que las personas dan, al parecer sin explicación alguna. Sin embargo, cualquiera de estas reacciones tiene relación con un estado emocional, con angustias y temores no resueltos y también con estados de alerta inducidos por el escenario global.

El miedo, la sensación de abandono, indefensión e inseguridad, son emociones que se trasmiten y se heredan. Aprendimos a conocer el mundo guiados por los ojos, las emociones y también los temores de quienes nos criaron, explica la psicoanalista Leticia Solís-Ponton.

Además de esos aprendizajes tenemos reacciones innatas, de sobrevivencia, como el miedo. El psicólogo Arturo Noria, especialista en Tanatología, expone que el miedo, como emoción primaria o básica, es capaz de salvarnos la vida. Es decir, al percibir un peligro o una amenaza, la reacción es alejarnos para proteger nuestra integridad física.

El miedo se considera una emoción primaria, porque no precisa de aprendizaje y se puede observar en los seres vivos desde el nacimiento, a través de sus reacciones de sobresalto ante determinados estímulos.

Frente a cualquier amenaza, existen cuatro tipos de respuestas diferentes: evitación, inmovilización, ataque y huida, detalla.

Por su parte, Solís-Ponton, agrega que el miedo tiene la función de protegernos en lo psicológico, porque evita que lesionemos nuestra identidad y autoestima.

Vulnerabilidad latente

En la actualidad el individuo está expuesto a estados de vulnerabilidad, por la presencia constante de millones de mensajes, a través de la tecnología, que “nos afectan y determinan, independientemente de nuestra voluntad”, añade Solís-Ponton.

Por ejemplo, con las noticias estamos al tanto de lo que ocurre en cualquier parte del mundo y sentimos que estamos ahí. Las guerras, los conflictos políticos y  el terrorismo, forman parte de nuestro escenario.

Esta invasión de información ha inducido nuevos miedos y estados de alerta, que provocan sentimientos de amenaza constante de agresión e incluso de muerte.

Aunque las amenazas no estén dirigidas directamente a nosotros como personas, es decir, que es una amenaza impersonal y omnipersonal que puede afectar a cualquier grupo o individuo, nos involucra porque la sentimos cerca.

Así, dice Solís-Ponton “el terrorismo se convierte  en un peligro omnipresente que nos llena de miedo. Ya sea que esté asociado a bandas ligadas al narcotráfico, a la droga o bien a  razones políticas y religiosas”.

En ocasiones de  violencia y la barbarie ligadas a las creencias religiosas se manifiestan como una indoctrinación o una fascinación en personas, principalmente jóvenes, llevándolos  al auto sacrificio homicida y a la idealización del  estatus de “mártir”.

El escenario global ha colocado al individuo en estado de constante alerta, porque está expuesto a sucesos de violencia y barbarie “que no tiene ojos ni oídos para la piedad ni la razón. En estas circunstancias, el espacio vital se ve reducido de manera muy importante, tanto en su extensión como en su calidad. El sentimiento de inseguridad se generaliza dando lugar en ocasiones a la expresión de actitudes defensivas, como el encerrarse en su círculo familiar más próximo y aún el individualismo”, enfatiza la especialista mexicana radicada en Francia.

(STX/DR/Ciudad de México, marzo 12 de 2018).