Juan Okie.- ¿Aún recuerdas el extraño saborcito que te quedaba en la lengua cuando lo pasabas por el engomado de un timbre postal?   Es un recuerdo gustativo, desagradable el sabor, pero emocionante el momento de estar enviando una carta. Quizás las nuevas generaciones jamás tendrán esas emociones o esos recuerdos. Somos otros quienes los atesoramos. La verdad que para mi es un grato recuerdo la vinculación con el correo y los timbres postales.

Desde pequeños, por instancias de la escuela, nos inscribimos en un club mundial de amigos por correspondencia. Así empezamos a tener amigos por todo el mundo. Luego hasta “adoptamos” a una niña en Filipinas enviándole una remesa mensual. Luego me inscribí en un curso de dibujo por correspondencia.

La emoción al regresar de clases y sentarme en la mesa para ver recargado en el vaso, de mi lugar habitual, el sobre recién entregado por el cartero. Había sobres que venían perfumados. De papel elegante o los típicos con un cintillo que llevaba los colores del país (rojo y verde para México, azul y rojo para Estados Unidos o Francia), no faltaba el que tenía un rico olorcito de fragancia de otra parte del mundo.

Aunque existían los abrecartas, la prisa por abrir la carta me impulsaba a usar el cuchillo de la mesa o simplemente rasgar la orilla para extraer la carta.  La letra manuscrita se devoraba con fruición desesperada. Quería que la carta nunca terminara. A veces, acompañando la carta venía una fotografía. El ansia de contestar la carta me provocaba apurar mis alimentos y en la primera oportunidad escapaba a la recámara. Abría el cajón donde tenía los sobres y el papel especial para escribir mis cartas. Escribía con amoroso cuidado buscando que mi caligrafía fuese la más exquisita. Hacía pequeños dibujos que en ocasiones acompañaban mis relatos. Terminaba con una frase cariñosa y por rúbrica, mi nombre.  Doblaba con cuidado el papel, ensobretándolo,  investigaba cuándo mi madre iría al supermercado. Era una distante odisea, ya que vivíamos en los suburbios, en la tierra de nadie.  Precisamente junto al supermercado estaba la oficina postal.

Llegaba a la ventanilla, ponía mis monedas en el mostrador, tras el enrejado veía al dependiente que alrededor de sus mangas de la camisa tenía un protector de plástico para no mancharse y usaba un dedo de goma para maniobrar papeles, timbres y billetes. Le pedía que los timbres fueran para envíos aéreos. Imaginaba que llegarían más rápido.  Pesaba el sobre en una pequeña balanza. Me entregaba los timbres.

Palacio Postal de México, ubicado en la calle Tacuba 1, Centro Histórico de la Ciudad de México. Foto: Dunia Rodríguez

Los cromos de las estampillas eran fascinantes. Eran hermosos, tanto los que enviaba de México como los que recibía de todas partes del mundo.

Inmediatamente venía el ritual. Por lo general, en las oficinas de correos siempre tenían un recipiente con una esponja con agua para que uno humedeciera los timbres y los pegara. Yo me resistía a usar esa esponja. ¡Prefería mi lengua! Sellaba el timbre en el sobre. Revisaba que fuera bien mi remitente y deslizaba la carta por el buzón de cobre que decía Aéreo. Ahí iban mis ilusiones. Mis sueños. Mis alegrías. Solo restaba esperar. El ciclo era continuo. Carta recibida expuesta en la mesa del comedor, responderla y enviarla.

Un día mi abuela me llamó a su recámara, abrió un ropero y sacó un álbum de estampillas. Se puso lo que ella llamaba “ojos”, las gafas de presbicia que los adultos usan. Pasó su mano sobre el álbum, lo abrió y me dijo:

–¿Sabes? yo coleccionaba timbres desde joven–. Desplegó las páginas atiborradas de timbres que databan desde los primeros sellos emitidos con el perfil de Miguel Hidalgo. Había timbres de España, con ilustraciones desde el rey Alfonso XIII que gobernó antes de la República y por supuesto después de la Guerra civil con el sanguinario rostro del dictador Francisco Franco. Cerró el álbum, lo tomó y entregándomelo me dijo:

–Tu puedes continuar la colección–.

Comencé a coleccionarlos. Pero archivar o coleccionar no era lo mío. Lo mío era recibir y escribir cartas. Lo arrumbé un tiempo y cuando cursaba preparatoria, un compañero que era fanático de coleccionar timbres postales se enteró que lo tenía. Al verlo tan emocionado, se lo regalé.

Y si…

He estado pensando en invitar a quienes me acompañan leen este “blog” para que iniciemos una campaña de rescate de la correspondencia tradicional. Estoy seguro que lo podemos volver a poner de moda. No es sustituir al internet ni a los correos electrónicos, es como crear una especie de “Club” –como esos que existen de automóviles antiguos o de los fanáticos de la Guerra de las Galaxias–, para iniciar un eslabonamiento de cartas entre nosotros y viralizarlo. (STX/JO/Ciudad de México, enero 8, 2019).