Las expresiones del miedo se manifiestan como viejas heridas y cicatrices dolorosas.

Los miedos que sufre el adulto, son en parte, reflejo del aprendizaje de la infancia y pueden transmitirse de generación en generación.

Dunia Rodríguez (Syntaxis Informativa).- El miedo, la sensación de abandono, indefensión e inseguridad, son emociones que se trasmiten y se heredan. La forma de apego que la madre o el padre transfiere a sus hijos, está relacionada con la forma en que ellos aprendieron de sus propios padres.

Así que los miedos que sufre el adulto, son en parte, reflejo del aprendizaje de la infancia y pueden transmitirse de generación en generación, explica la especialista en Parentalidad, Leticia Solís-Ponton.

Los niños, dice, construyen sus procesos de percepción, memoria, pensamiento y emoción a partir de las experiencias tempranas y repetitivas que viven con sus padres o sustitutos.

Cristina y el desamparo

Autora de La parentalidad. Desafío para el tercer milenio, la psicoanalista narra el caso de Cristina que sufrió ataques de pánico durante un viaje de vacaciones con sus hijos, al cual no pudo acompañarlos su esposo. La paciente temía que algo muy grave les pasaría o que ella misma atacaría a sus pequeños hijos. Sus miedos eran tan intensos que llegó a pensar en quitarse la vida para escapar a esta terrible situación.

Cristina se sentía como el ser más malo y demoniaco. En las sesiones de terapia, explica Solís-Pontón, la paciente recordó pasajes de su niñez:

“Durante su infancia Cristina había sufrido de soledad y desamparo ya que sus padres trabajaban hasta muy tarde y con frecuencia ella y sus hermanos se quedaban solos”.

En contraste, los padres de la paciente fueron personas de una emotividad desbordante, con frecuencia expresaban, de manera exuberante, sus conflictos o temores de que les fuese a ocurrir alguna desgracia si se enfrentaban a situaciones de separación o de alguna enfermedad o accidente.

Solís-Ponton refiere que su paciente interpretaba la ausencia de su esposo en aquel viaje como “una especie de indiferencia o falta de sentimientos y ese desamparo lo manifestaba a sus hijos como si fuese el fin del mundo, por todo lo que había sufrido. Gracias a su tratamiento Cristina está pudiendo observar cómo, de manera inconsciente, induce el miedo en sus hijos”.

El padre de Sofía

Sofía es una joven arquitecta preocupada por el miedo de repetir la misma enfermedad de su padre: depresión crónica.

El padre de Sofía, ingeniero de profesión, en sus largas estancias en casa debido a su padecimiento, enseñaba a su hija a hacer manualidades, a reparar aparatos domésticos y también le trasmitía sus miedos.

“La madre, que ella describe como una persona reservada y fría, trabajaba durante el día. Sofía recuerda que en su adolescencia fue a una escuela en una ciudad vecina. Durante la semana permanecía en ese colegio y los fines de semana regresaba con su familia”.

Cada semana se reproducía el mismo drama, detalla Solís-Ponton: los padres lloraban desconsolados cuando llegaba el momento de despedir a la hija para ir al colegio.

Cuando Sofía tuvo un primer novio, lo terminó por ser demasiado celoso. Triste por la situación, “llamó por teléfono a los padres y les contó sus penas, esperando ser consolada. Entonces los padres lloraban tanto que ella era la que tenía que consolarlos, sintiéndose completamente sola y sin consuelo”.

Las expresiones del miedo, expone la especialista, se manifiestan como viejas heridas y cicatrices dolorosas.

Los ejemplos de Cristina y Sofía, muestran una compleja red de hilos comunicantes que se dan a partir de las experiencias repetitivas que se viven con los padres o sustitutos, argumenta la doctora Leticia Solís-Ponton.

Así, el miedo –esta sensación de angustia provocada por un riesgo o daño real o imaginario–, encuentra un caldo de cultivo en la edad temprana, en la relación padres-hijos, pero existen otros actores que escarban en las viejas heridas, desarrollan nuevos miedos o provocan estados de alerta. (STX/DR/Ciudad de México, febrero 26, 2018).