Por Juan Okie

Juan Pablo tenía especial interés en reiniciar lo que Inocencio X y Clemente IV habían comenzado. A pesar de la temblorina de su mano por el parkinson, Karol  tomó el legajo y repasó la minuta inicial en donde se postulaba para la causa de los santos la beatificación de Juan de Palafox y Mendoza.

Se secó con un pañuelo blanco de fino lino la saliva que empezaba a escurrirse por la comisura de su labio. Había que acelerar el proceso que durmió la causa de los justos durante siglos.

Uno de los parientes de Juan de Palafox, don Jaime Palafox y Cardona había sido uno de los patrocinadores de la beatificación del “santo varón” apodado por sus seguidores como el “Venerable».

Sin embargo uno a uno de los que apoyaban la postulación fueron muriendo y la causa de beatificación primero durmió 26 años, para después prolongarse durante tres siglos de espera sigilosa ambicionando el altar de los beatos.

Misión: acabar con los jesuitas

Al igual que en los tiempos del Rey Borbón Carlos II cuando el bombardeo de cartas sellaron el 26 de julio de 1690, la propuesta de consolidar la desaparición de la Compañía de Jesús y así no solo expulsarlos sino literalmente desaparecerlos de la faz de la tierra.

Unas décadas antes, siendo entonces papa, Inocencio X, el ya Obispo de Puebla de los Ángeles, su “excelencia” Juan de Palafox y Mendoza inició una terrible campaña de acoso y difamación contra los jesuitas hasta lograr que tanta intriga entre el Vaticano y el Reinado de España,  fueran expulsados el 1 de abril de 1797.

En solo tres días fueron expulsados de la Nueva España.

A punta de bayoneta los embarcaron en Veracruz dejando los colegios, templos y residencias abandonados en manos de las otras congregaciones y autoridades eclesiales. 

Al acecho del acervo

Juan de Palafox y Mendoza

En el caso de Puebla de los Ángeles los jesuitas tenían tres colegios y algunos templos los cuales fueron allanados por los fanáticos seguidores de Juan de Palafox.

Entre las valiosas pertenecías que en su infatigable labor educativa habían desplegado los Jesuitas en la Nueva España, se encontraba el enorme acervo de libro, pergaminos e incunables que poseía la Compañía.

Malamente, Juan de Palafox que había sido educado en un colegio de Jesuitas, aprovechó la ocasión para adueñarse de la preciosa biblioteca.

No satisfecho con el saqueo, hasta sus últimos días de vida el mencionado obispo (que fue luego trasladado a España) continuó atizando a Roma y sus abejorros para que liquidaran la compañía.

No le bastó que fueran expulsados de los reinos de España, ambicionaba su desaparición y ejecución por el Santo Oficio. Les llamaban “cuervos” a los jesuitas por usar hábitos de color negro y por ayudar a educar a los pobres.

Los jesuitas solo encontraron abrigo en Rusia donde la Zarina les dio acogida y así, abandonados del Vaticano mantuvieron su férrea vocación en espera de su resurrección.

Complicidades

Juan Pablo II había llegado al pontificado después de la sospechosa muerte de Juan Pablo I. Su pasado de simpatías con el nazismo había sido difuminado gracias a las buenas artes de la mercadotecnia y publicidad. 

Se había regocijado al enterarse que el General de los Jesuitas, Pedro Arrupe estaba nuevamente internado en el hospital con un derrame cerebral de pronóstico grave. 

Era la oportunidad acariciada en secretas conversaciones con el gran benefactor Marcial Maciel Collado, natural de Cotija, Michoacán y fundador de los Legionarios de Cristo y del Regnum Christi. 

Maciel y sus organizaciones inundaban con apetecibles caudales de limosnas las arcas del pontífice. A cambio, el papa se haría “ojo de hormiga” ignorando los escándalos de pederastia. 

Ya desde 1981 el padre Arrupe había tenido una trombosis cerebral que minó su cuerpo y consiente de ello, propuso como  su sucesor interino al jesuita americano Vincent O’Keefe. 

Esto provocó la ira de Juan Pablo, vetó al candidato e iniciaron serias desavenencias entre ambos.

Finalmente nombran como nuevo general al holandés Peter-Hans Kolvenbach a quien Juan Pablo encomendó la desaparición de la Compañía de Jesús.

Lo que Juan Pablo II nunca imaginó es que Kolvenbach reunió a las cabezas de la Compañía de Jesús y en forma secreta les indicó: 

“Su santidad desea desaparecer a la Compañía, pero como ustedes saben desde nuestra fundación, Ignacio de Loyola fue muy claro, nosotros somos compañeros de Jesucristo y al único que obedecemos es a Jesús”.

Ya en un estado lamentable de salud, Juan Pablo II dio la anuencia para la beatificación de Juan de Palafox y Mendoza. Era el primer paso para consolidar la ansiada intriga de desvanecer la existencia de los Jesuitas. Confiaba en que sus instrucciones a Kolvenbach sellarían el otro compromiso.

Nunca imaginó que ni su amigo y sucesor inmediato Joseph  A.Ratzinger (Benedicto XVI) le desobedecería y sorprendería al renunciar como papa siguiendo el ejemplo de la renuncia de Kolvenbach al Generalato Jesuítico.

Ex libris

Menos se imaginó el Papa Juan Pablo II que se entronaría en el pontificado un Jesuita argentino: Jorge Mario Bergoglio, con el nombre de Francisco I.  Los siempre odiados Jesuitas ahora como la cabeza de la Iglesia Católica.

El ladrón de bibliotecas ya en el siglo XXI había logrado ser considerado beato y tenía derecho a merodear por los altares. Desgraciadamente la biblioteca con incunables que se encuentra junto a la Catedral de la ciudad de Puebla de Zaragoza aún lleva el nefasto nombre de Biblioteca Palafoxiana.

La corrupción, intriga, robo y mentira tienen a un beato canonizado.

Eso quizás explica el por qué es muy difícil conocer de cerca los libros que alberga dicha biblioteca. A lo mejor es por temor bien fundado de que muchos de esos libros tienen el sello “ex libris” de la Compañía de Jesús.

(STX/JO/Ciudad de México, enero 3, 2021)