Dunia Rodríguez.- ¿Los conocimientos que se vierten en el salón de clase tienen utilidad en la vida de los alumnos?. ¿Cuál es el nivel de interés de los alumnos a estos conocimientos? ¿Les importa aprender? ¿Por qué o para qué van a la escuela?

Encontrar respuesta a estas preguntas obliga orientar la reflexión hacia los alumnos, pero también propone mirar a los maestros, a la escuela e indefectiblemente a la sociedad.

La falta de certidumbre es quizá una de las características de la sociedad actual. La afirmación puede ser osada, sin embargo varios son los rasgos, claros como síntomas de una patología, que sostienen tal aseveración.

Si el tejido social, como argumenta la sociología, está compuesto por todas las unidades que interactúan y a la vez componen la sociedad (familia, escuela, iglesia, gobierno…), éste sufre severos daños. Es decir, el tejido social está lleno de agujeros; transitamos, como sociedad, sobre hilos dramáticamente frágiles con la incertidumbre de encontrar sostén o caer.

El problema es complejo: persiste y se acentúa la descalificación a la tarea de educar; los alumnos, hechos al modelo neoliberal, viven el modelo educativo como un desfase; el rendimiento escolar se mide a partir de calificaciones obtenidas y no por los conocimientos adquiridos; los contenidos educativos se orientan a verter conocimientos y no a formar a seres pensantes, capaces de discernir, proponer o actuar. Actuar incluso en beneficio propio.

La apatía reina en el salón de clases y los maestros tienen que enfrentar el viaje del salmón, nadar a contracorriente, inventar nuevas herramientas para alcanzar la meta ¿cuál? Entregar a la sociedad seres capaces, pensantes, analíticos, productivos. Aquellos que construyan, sostengan o creen una sociedad donde las personas vivan con dignidad.

¿Qué es lo que se propone el sistema educativo? ¿Se ha adecuado a las demandas de los tiempos actuales? ¿Invierte en la capacitación y actualización de la planta docente?

La lista de preguntas e inquietudes crece un renglón más cuando observamos que los principios de la educación están contrapuestos a la cultura neoliberal, o mejor dicho la cultura neoliberal vino a instalarse encima de una sociedad cuyos fundamentos eran en la solidaridad, el respeto y la compasión. El trabajo común, el reconocimiento de las personas como parte de una comunidad, quedó al margen cuando el esquema neoliberal impuso la defensa del individualismo, de la competitividad y la obsesión por la eficacia como la forma de vida para el mundo entero.

Comenzamos a ser otros. El presentismo y el facilismo crearon una sociedad débil, reflexiona Miguel Ángel Santos Guerra en La pedagogía contra Frankenstein. El presentismo porque importa lo que alcanzamos con las manos, así como vivir el instante y aprovechar el momento presente, pues el futuro está lejos. El facilismo porque impera la tendencia a lo cómodo, porque vale la ley del menor esfuerzo, raíz de la indecisión, la debilidad, la indolencia.

Esa ecuación ha marcado profundamente a la sociedad. Estamos atestiguando nuestra propia catástrofe. De ahí que la educación como agente socializador es determinante en la construcción de una sociedad donde las personas, sus intereses, aspiraciones y necesidades sean la prioridad, para volver a ser humanos.