Dunia Rodríguez.- ¿Quién puede precisar la ubicación geográfica de Macondo? El último rincón del fin del mundo es acaso un tanteo de la imaginación, torpes coordenadas, atisbo del mito.

Un apunte de su ubicación se refiere en la novela Cien años de soledad: Macondo está al oeste de Riohacha, separada por una sierra impenetrable, “al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande se confundían al occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer”.[1]

Aún cuando hay quien dice conocer el enorme castaño a cuya sombra murió el coronel Aureliano Buendía, el árbol donde estuvo amarrado José Arcadio o la tumba de Úrsula Iguarán, Macondo está en la imaginación de todos. Eso dijo Gabriel García Márquez varias décadas después de haber escrito Cien años de soledad:

… por fortuna no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere. Es decir, que detrás del Macondo creado por la ficción literaria hay otro Macondo más imaginario y más mítico aún, creado por los lectores, y certificado por los niños de Aracataca con un tercer Macondo visible y palpable, que es sin duda el más falso de todos.[2]

Así los “macondos” vendidos hoy a los cazadores de mitos por los niños del pueblo del escritor surgen de otra afluente ya encarnada en mito.

Y es que la historia escrita por Gabriel García Márquez -autor nacido un 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia-, da para eso y para pensar en las referencias bíblicas: en un Moisés de apellido Buendía arengando y conduciendo al pueblo a la tierra que nadie les ha prometido, en un diluvio caribeño y en la condena por incesto que engendra hijos con rabo de cochino. Da para conocer los destellos producidos por “el gran invento de nuestro tiempo”, para pensar en los huevos prehistóricos, en la piedra filosofal, en la peste del insomnio y la peste del olvido, para saber que un gitano volvió de la muerte nomás porque no aguantó la soledad y que hay muertos que limpian sus heridas. Da para saber que más allá de realidad está la sorpresa y los pececillos de oro, las esteras que vuelan y los trenes que nunca acaban de viajar; las esposas con vientres desquiciados y los hombres que permanecen vírgenes, así como la asunción de mujeres bellas que pintan con caca figuras en las paredes.

Da para saber que son posibles las aldeas de casas azules donde el progreso no tiene prisa por llegar, donde la gente es feliz y puede vivir cien años de soledad:

… como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad.[1]

Cien años de soledad lleva a pensar en la rasposa voz de Oscar Chávez y aquella Antología musical de tapas negras marca Polydor “estéreo, tres discos al precio de dos”; en Camino Diez Canseco autor de los versos que hacen sonar a la novela con mariposas amarillas:

El colmo de esos estragos de la poesía lo viví en persona el año pasado, navegando por uno de los ríos helados que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta y desembocan en la Ciénaga Grande. Es cierto que el viaje se hace entre ráfagas deslumbrantes de mariposas amarillas, y en un cauce interrumpido por frecuentes promontorios de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Sin embargo, el patrón de la canoa aseguraba a los turistas que cuando él era niño no había piedras tan grandes ni mariposas amarillas en los ríos de la sierra, sino que aparecieron después de Cien Años de Soledad.[2]

Vaya, a lo largo de tantos años, tras la publicación de uno de los libros más emblemáticos de Gabriel García Márquez, cada quien puede tener su Macondo de cabecera o de bolsillo. Cualquiera puede asegurar que hay nubes de mariposas amarillas y las hay, en el trópico, en primavera cuando rompen los guayacanes; pero aun cuando Macondo existe en la realidad mítica y en la poesía, nadie puede aguarnos la fiesta cuando ya formamos parte de la aldea que fundaron José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, para alejarse de los pesares de su conciencia y reinventarse en su delirio.

¿Dónde está Macondo? Tal vez el sonar de las campanadas, que al unísono tocan un vals, logren orientar los desvaríos de la memoria y recuperarnos del olvido, para volver a la errancia, ser otra vez aldeanos en el Macondo que el sopor invoca.

[1] García Márquez, Gabriel, Cien años de soledad. México: Diana, 2003.

[2]  Macondo, la otra tierra prometida. El Nacional, Venezuela.

(STX/DR/Ciudad de México, marzo 6, 2019).