Dunia Rodríguez.- Es domingo. El redoblar de tambores y la corneta marcial rompen el sueño, el letargo de una noche que todavía guarda cierto vaivén de vapores etílicos. Son las seis o las siete, no lo sé.

Nunca imaginé que en domingo y para mi un día festivo, casi de asueto, la guardia militar hiciera honores a la bandera en la plaza mayor.

El sueño acaba o tal vez anuncia su verdadero inicio.

Recuerdo aquel domingo, aquella mañana que dejamos de ser esquivos para siempre, el siempre que acabó justo aquel domingo cuando nos encontramos en nuestras miradas, en las tantas llamadas, en las citas de café, en las caricias largas que amanecen siempre con el sonar de la melodía patriótica aprendida en la escuela: «se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos».

Y así, una nostalgia de inocencia infantil, me despierta otra vez en esta luz matutina, me llena de un gozo extraño y cuando el viento levanta las cortinas revivo los toques marciales que aquella vez descubrieron nuestros cuerpos trasnochados.

Cada vez que me hablas por teléfono es como si se repitiera el día, como si la semana empezara o acabara en martes o jueves, en la tarde o noche, como si fuera domingo, como si la plaza mayor se extendiera por la ciudad toda y tu aliento templado rozara mi oreja, lenta y secretamente, como si tus manos intentaran desnudar nuestros secretos.

Es lunes. Son las ocho. Los niños en la escuela repiten como cada semana los honores a la bandera.

Suena el teléfono. Comienza el domingo.

(STX/DR/junio 7 de 2017)