Hoy, hace 160 años nació el autor de El jardín de los cerezos, el cronista de lo cotidiano

“Nadie que quiera escribir un cuento —digo yo—, debería escribirlo sin haber leído antes a Chéjov”. Rafael Pérez Gay

Por Luis Valdés Robles

Hoy no me ha ocurrido absolutamente nada, caminé como lo hago varias veces a la semana al trabajo, observando el contraste entre los oficinistas enlatados en sus automóviles, rodeados por el estrés de no tener opciones para cambiar de carril, mientras los árboles se mecen con un ligero viento, frío, de la temporada.

Al pie de uno de estos macizos verdes, cuyas hojas nacen con la tonalidad oscura propia de la contaminación que corre por sus entrañas, un gato bicolor. El tiempo se detiene en nuestro intercambio de miradas, él la retira con indiferencia y trepa; los instantes previos a su desplante alcanzaron para tomarle una foto, en pocos segundos le coloco un filtro, un texto soso, “calcetitos bicolores, gato, working, great day” o algunas palabras sueltas más, insulsas, y ya está en mis redes. Llego al trabajo y tras la jornada, hoy no ha pasado nada.

Nuestra época le hubiese encantado a Anton Chéjov, en sus cuentos no pasa absolutamente nada, como en la vida misma.

En el lento discurrir de nuestros días el tiempo se diluye con el paso de las horas, no todos los días vivimos una aventura, pero el consumo ahora nos convence, nos convencemos que vivimos una aventura, sin más interés que atraer la atención del otro, tan indiferente a nuestra “selfie en el museo” (u otro sitio que nos haga lucir), como nosotros a la suya de lo que ya está en su estómago. Chéjov adoraría esta vacuidad.

Lo amaría porque sería un campo más que fértil para su intensa mirada de águila, para encontrar en los pequeños detalles intrascendentes del día a día, el pretexto ideal para un cuento, un guión de teatro o el largo aliento de una novela.

“Condenado por el destino a una constante ociosidad no hacía absolutamente nada. Pasaba horas enteras contemplando desde las ventanas el cielo, los pájaros, la alameda, leía todo lo que me llegaba a través del correo, dormía”.

Así arranca su cuento «Casa con desván», donde narra la estancia de un pintor de fama en una lejana provincia rusa, sus escarceos con las dueñas de una finca cercana a su hospedaje, el paisaje que lo rodea, sus disquisiciones, y ya.

En Chéjov nada es fácil, todo se oculta, si fuera sencillo no tendría sentido leerlo (vivirlo), como la vida misma; pero hay que encontrar el secreto, esforzarse y atesorar lo que se descubra.

Los que saben, coinciden en el carácter fragmentario de la obra del médico que se volvió escritor porque se dio cuenta de la facilidad que tenía para contar historias graciosas sobre la vida diaria de la Rusia que estaba a caballo entre el siglo XIX y el XX, se avecinaba un cambio radical en la madrecita Rusia.

Sus cuentos y novelas siguen un patrón bien definido: las historias arrancan como si ya estuvieran ahí; en unas breves pinceladas nos da los rasgos, caracteres y nombres de sus protagonistas… en las primeras líneas y párrafos está el pretexto.

En lo siguiente encontramos un argumento pulverizado —como granos de arena en la playa—, tenemos que estar atentos, entre la detallada descripción de la naturaleza, del ambiente que rodea a sus criaturas… ahí se hallan claves no dichas; algunos de sus protagonistas apenas habla: en un suspiro, en una mirada, quizá en un comentario dicho al vuelo podría estar la resolución de la historia (raro que Chéjov cerrara un texto), si es que la hay.

El misterioso centro del relato se nos va como la arena de una playa, nuestros dedos se hunden en ella, pero no podemos asirla. Solo podemos sobrecogernos ante su belleza e inmensidad. Como la vida misma.

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Todo en Chéjov se rompe, se desvanece. Pero en cada una de sus obras sentimos también que hemos asistido a un milagro. Parecería que nada pasa, y eso es mentira: en esos relatos donde la nada parece ganar la partida, pasa todo, como en la vida misma.

Así se expresaba el narrador mexicano, y gran asiduo de la obra del ruso, Sergio Pitol, quien leyó toda su obra y la recomendaba como un gran manual de escritura, de cómo se escriben cuentos.

La medicina su esposa legal; la literatura, sólo mi amante

Vio su primera luz del mundo el 29 de enero de 1860 en Taganrog, Rusia; de nombre Antón Pávlovich Chéjov, la pobreza y una familia rota colmaron su infancia y se reflejaron en parte de su obra.

Con seis hermanos y un padre alcohólico y violento, sufrió el maltrato de éste que lo obligaba a trabajar. Tras la quiebra del negocio paterno se mudaron a Moscú en 1875.

Pero el futuro narrador llegó a la capital hasta 1879. Escribió cuentos cómicos para mantenerse, firmaba como Antosha Chejonté, inspirado por la forma de narrar de su madre, la cuentacuentos Yevguénia Yákolevna.

Pese a su pasión literaria, tenía grandes necesidades: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”, escribió a su amigo Alexi Suvorin.

Desde 1886 padeció tuberculosis, misma que le arrebató la vida durante 1904, en la cima de la fama, luego de que su montaje La Gaviota sufriera en su estreno. Obra altamente experimental que se burla del simbolismo, corriente que Chéjov detestaba pues se declaraba naturalista/realista pese a la alta carga simbólica de su pieza.

Los expertos coinciden en que sus obras maestras de las tablas son Tío VaniaLas tres hermanas y El Jardín de los Cerezos.

Alguien dice de él: “sin el misticismo de Tolstoi, la angustia metafísica de Dostoievski o el conservadurismo de Gógol, Chéjov compone cuadros sumidos en la penumbra. Es el cronista de lo cotidiano, el testigo desapasionado de un mundo de belleza no heroico, el frío psicólogo de las pasiones ajenas. No pretende cautivar ni deslumbrar. Sólo desea narrar lo que acontece a su alrededor”.

Su forma de escribir es cercana al periodismo, pero con lirismo: “he escrito mis relatos de la misma manera que los reporteros redactan sus notas sobre los incendios, de manera mecánica, apenas consciente, sin preocuparme lo más mínimo por el lector o por mí mismo”, decía.

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Ya en plan de citar y elogiar, es indispensable mencionar Una historia aburrida. La que amo más que cualquier otra de las creaciones de Chéjov. Una obra absolutamente extraordinaria y fascinante, que en su silenciosa y triste singularidad quizás no tenga rival en toda la literatura. Decía Thomas Mann. (Notimex, NTX/LVR/MBS)