Dunia Rodríguez.- Seguro has escuchado eso de calladita te ves más bonita. Esta frase, dicen, debe estar entre los primeros consejos de una madre a sus hijas, porque se espera que las mujeres sean modositas. Sin embargo, la lengua y cómo la usamos es un marcador simbólico de quiénes somos cultural y socialmente.

Por eso, consignas como calladita te ves más bonita, nos remiten a un hecho contundente: la limitación de las mujeres a la actuación verbal, es decir, a las restricciones para hablar en público, a expresar sus ideas, no sólo en la arena pública, sino incluso en el ámbito privado, como el hogar.

La forma en que usamos la lengua y el lenguaje tiene que ver con la pertenencia a un grupo; esto es, a sentirse parte o no del grupo.

En el hacer cotidiano, lanzamos a bocajarro palabras y frases hechas, sin tener en cuenta que ciertos usos del lenguaje estigmatizan o aíslan a un grupo o a una persona.

Parece sencillo, suena a broma, pero el hecho de suponer que las mujeres se ven más bonitas cuando no hablan, denota exclusión. Quiere decir que las opiniones, deseos y creencias de las mujeres, expresadas de manera verbal, son irrelevantes. Quiere decir que no son importantes, ni necesarias.

Pero también advierte una confusión. Eso que conocemos como discreción, en una de sus acepciones es el don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad. Así, no es lo mismo ser discreta que quedarse callada.

La investigadora Jennifer Coates , que hace estudios de sociolingüística, al referirse a la conducta lingüística entre padres e hijos, señala, por ejemplo, que en una conversación familiar de sobremesa, los papás interrumpen con mayor frecuencia a las hijas que a los hijos. Llama la atención que en diversos estudios sobre conducta lingüística, los papás intentan controlar más la conversación que las mamás, y cuando hablan las hijas, ambos, o sea papá y mamá, las interrumpen.

Estas actitudes dejan claro que el derecho a tomar la palabra, por parte de las niñas no es importante, o recibe menos importancia que la otorgada a los niños.

Dado que el lenguaje es un producto de la humanidad, la exclusión es una forma aprendida. Esto es, aprendemos, que entre las funciones masculinas están: tomar la palabra, llevar la voz cantante en una asamblea, dar órdenes, alzar la voz, opinar, ser tomados en cuenta. Se nos enseña que las mujeres no deben interrumpir, deben ser discretas, modositas, y que calladitas se ven más bonitas.

En este sentido, la socialización de género, es decir, las cosas que hace un hombre y una mujer, de acuerdo a los condicionamientos de la sociedad, también son lecciones aprendidas a partir de uso del lenguaje.

La investigadora Jennifer Coates (Mujeres, hombres y lenguaje. FCE, 2009.), expone que decir groserías o tener enjundia a la hora de hablar en público, tiene que ver con esas enseñanzas recibidas en casa, en la escuela o a través de los medios de comunicación.

Por eso, cuando una mujer se expresa con “palabrotas”, se dice que “habla como arriero”, se le descalifica, porque en la socialización a partir del lenguaje, las groserías también son “cosa de hombres”.

Cuando escuchamos a una mujer que habla fuerte, decimos que “habla como hombre”. Esta consideración resulta tan arraigada y contundente en la división y diferenciación de género, que incluso he llegado a escuchar el calificativo “mujer de pelo en pecho”, cuando una mujer se destaca por el tono de voz, por su discurso o cuando arrebata la palabra.

La investigadora Coates, nos explica que las diferencias de género expresadas con el lenguaje marcan distancias abismales entre hombres y mujeres.

Y nos da otro ejemplo: En un salón de clases, los niños monopolizan, se adueñan del discurso, arrebatan la palabra, y los maestros, como sucede en el hogar, prestan más atención a lo que dicen los niños, que a lo expresado por las niñas.

Yo les propongo hacer un ejercicio de observación en casa. Intentemos detectar qué tan excluyentes somos con las mujeres, con las hijas, con las abuelas.

Porque, feas o bonitas, las mujeres no sólo tienen mucho que decir, sino que en nombre de la equidad, están en su derecho de expresarlo. (STX/DR/ 18 de abril de 2017).