Dunia Rodríguez (Syntaxis Informativa).- El miedo es una emoción primaria que nos hace sentir desprotegidos, amenazados en nuestra integridad física, moral, social.

El miedo aparece, con frecuencia, cuando el niño teme quedarse solo o siente que la oscuridad está llena de peligros acechantes.

Pero, por qué aparece el miedo, si los fantasmas no existen o las sombras son solo eso y nada hay acechando en la habitación.

“El miedo es una emoción que nos hace sentir desvalidos frente a un peligro”, explica la psicoanalista Leticia Solís-Ponton, especialista en Parentalidad.

Discípula de Serge Lebovici, psicoanalista francés quien dedicó sus esfuerzos en la Universidad de Paris XIII Bobigny, a la prevención y al tratamiento precoz del sufrimiento psíquico del niño y de la familia, la doctora Solís-Ponton, agrega que los niños requieren acompañamiento para sentirse seguros.

“El bebé humano nace en un estado de inmadurez y por esta razón es incapaz de valerse por sí mismo, necesita de otra persona que le cuide, lo alimente, lo cambie, lo arrulle, lo haga sentir que nada le falta”.

La empatía de la madre con sus crías es tal, que le permite descifrar las señales del llanto, para calmarlo o hacerlo sentir seguro:

“La madre puede inclusive anticipar cuándo éste necesita ser alimentado o cambiado. Así, en el principio de la vida, una mamá que se identifica con las necesidades de su pequeña criatura le transmite el sentimiento de seguridad que los especialistas han llamado seguridad básica”.

El niño por su parte, reconoce muy pronto a su madre, “muestra una capacidad de apego, busca su presencia, se acurruca en su regazo, identifica su olor y a través de su llanto, de su mirada y de sus gestos, pide la presencia de su objeto primario de seguridad”.

Esta capacidad de apego, detalla la especialista mexicana formada en París, permite al niño acercarse a su objeto protector ante una amenaza.

Apegos y miedo

La capacidad de apego se encuentra en las crías de diversas especies. Fue estudiado en un principio por el etólgo Konrad Lorenz (1977).

Más tarde, algunos estudiosos del niño, como John Bowlby (1988), determinaron el apego en el ser humano, como la capacidad que tiene en pequeño de acercarse a su objeto protector ante una amenaza de peligro o de abandono.

Leticia Solís-Ponton, autora entre otras publicaciones de La cultura de la parentalidad, antídoto contra la violencia y la barbarie, identifica tres tipos de apego:

Apego seguro: cuando el niño puede confiar en la presencia de la madre como una base de seguridad. Aunque a veces ésta se ausente por un tiempo, el niño se sentirá aliviado y seguro de su regreso.

Apego inseguro: en este caso, el niño tiene mucha dificultad para aceptar la separación de la madre aunque sea corta y no puede tener la confianza de que ella lo podrá proteger. El niño llora y manifiesta diversos comportamientos que indican su falta de seguridad en el objeto protector. Por ejemplo, aunque la madre regrese después de una breve ausencia, el niño no se puede consolar, es como si temiera quedarse solo y desamparado.

Apego ambivalente: los casos de apego ambivalente, son relativamente raros y se observa que el niño oscila entre la seguridad y la desconfianza de la protección de la madre.

¿Que importancia tiene esto con respecto al miedo?

“La forma de apego puede ser transmitida por la madre y también por el padre hacia sus hijos y esto depende en buena medida, de cómo ellos (los padres) vivieron la cuestión de la separación en su propia infancia”.

Es decir, la madre transmite a su hijo la forma de apego que ella misma ha tenido o que recuerda que su madre tuvo hacia ella. En otras palabras, el miedo, la sensación de abandono, indefensión e inseguridad, son emociones que se trasmiten y se heredan.

De ahí la importancia del acompañamiento y la presencia de la madre o el “objeto protector” en el desarrollo emocional del niños. (STX/DR/Ciudad de México, 20 febrero, 2018).