Dunia Rodríguez.- Era la noche de un viernes. En el Salón Tropical se anunciaba la presentación de la orquesta de Don Ramiro. Todo estaba dispuesto para celebrar un año más de la fundación del pueblo, la fiesta para recordar el día en que llegaron los filibusteros a quedarse para siempre.

Dicen que eso pasó hace siglos, yo no sé, el pueblo es pueblo desde antes que nacieran mis abuelos. Ya era así como usted lo ve: con su parque y su puerto, y el mercado ahí al lado, aunque se quemó el año en que nací, lo volvieron a poner en el mismo lugar. Lo más nuevo es la escuela de los marinos. Esa, verá usted, tendrá unos 50 años a lo más, o menos, ya nadie se acuerda, como la placa que puso el presidente se la robaron hace tiempo, la fecha está por tirarse a las olas del olvido.

Cómo me acuerdo de ese viernes de la fiesta, el parque lo adornaron bien bonito, le pusieron muchos focos enfilados, que colgaban de los árboles; el kiosco de las nieves también tenía muchas luces y cartones de colores con el nombre de los helados.

Ese viernes tocaba fiesta con baile en el Salón Tropical, porque mire usted, ahí sólo se baila dos veces al año: el último de diciembre y en la fiesta de la fundación. Los demás días el Salón Tropical se usa para las fiestas de la escuela o para que la gente del pueblo vaya al cine, porque a veces ponen películas; también lo usan para que la gente se quede a dormir cuando vienen las lluvias y las crecidas tapan muchas casas.

Para esa fiesta Don Ramiro preparó un ‘programón, digno de los salones de la capital’. Yo me emocioné porque cuando mis hermanas cumplieron sus quince, tuvieron permiso para ir al baile y hasta les compraron ropa nueva. Regresaron muy noche, cansadas de tanto bailar.

Yo andaba cerca de los quince y pensé que me tocaba permiso. Pero no. Como recién habían llegado los nuevos cadetes a la escuela naval, mi papá dijo que a esos primero había que domarlos y enseñarles las reglas del pueblo, porque si no se iban a meter con las muchachas y solo Dios sabrá de sus mañas y solo Dios sabrá de qué familia… Mi papá dijo más cosas, o sea, un montón de maldiciones.

Pero yo me enojé más, porque ya tenía mi vestido, era azul con flores chiquitas como estrellas y mis zapatos blancos de tacón bajito. También me hice unas flores para el pelo, así chiquitas, con listón blanco.

Eran como las ocho de la noche. La música se escuchaba hasta la casa y eso que el Salón Tropical está como a seis cuadras. Todo mundo estaba ahí, menos yo: mis amigas de la escuela, los de la presidencia municipal, mis hermanas, los cadetes.

Y yo acá, imaginando a la gente bailar y a Don Ramiro feliz celebrando con ellos.

Pero, verá usted, no lo pensé dos veces: me calcé, me vestí y salí decidida rumbo al baile. Al llegar, me pasó como en las películas, un muchacho no me quitó la vista de encima y vino derechito hacia a mi para sacarme a bailar.

Estuvimos cuatro piezas bien cerca, intentando atinar al ritmo. Nunca le dije que no sabía bailar para que no fuera a dejarme en la mesa o sacara a otra. No. Preferí seguirle el paso para estar con él, porque luego luego supe que era distinto, que nada tenía que ver con las maldiciones de mi papá.

Estábamos muy a gusto cuando sentí que alguien me tomó por los cabellos y a fuerzas me sacó del baile y él solamente tendió los brazos para soltarme, para dejarme ir, a medio baile, a medio viernes.

Me dio mucha vergüenza mirar cómo todo mundo se mascaba la burla y le gritaban a mi papá que me dejara un rato más, que el muchacho era bueno, que ya no me arrastrara.

Mañana se cumple un año del castigo, mi papá no me deja salir desde esa vez, porque sabrá Dios en qué malos pasos ande, dice. Ahora nomás quiero ver cómo me levanta el castigo, porque pienso si acaso algunos brazos seguirán abiertos esperando, como yo, comenzar de nuevo el baile.